
La Rioja toma su nombre del río Oja y ya predispone a imaginarse la riqueza de sus tierras. Famosa mundialmente por sus vinos, su gastronomía es igualmente valorada.
Esta bonita región ofrece un paisaje variado que influye directamente en la cocina riojana. De la zona montañosa, llamada sierra de Cameros, bajan siete afluentes que forman siete valles que son lugar de una gran riqueza hortifrutícola.
Desde un punto de vista gastronómico, La Rioja se puede subdividir en tres zonas: La Rioja Alta, con influencias norteñas (pescados típicamente cantábricos) y burgalesas (asados de cordero); La Rioja Baja, que es una zona de espléndidas huertas siendo la elaboración de sus verduras y frutas lo más característico, con fórmulas culinarias que tienen una clarísima influencia navarra y aragonesa; y la sierra de Cameros, que tiene su base culinaria en el cerdo, la matanza y los guisos pastoriles.
Para empezar un recorrido por la cocina riojana, nada mejor que tomarse un aperitivo. Una costumbre muy arraigada es el picoteo previo a la comida, con un contenido culinario muy tradicional. Chorizos fritos, pimientos asados, anchoas, boquerones, atún, setas, despojos, champiñones y una gran variedad de encurtidos que incitan, cómo no, a acompañarlos con una vaso de vino tinto de La Rioja, prefiriendo los jóvenes o del año, para estos momentos de charla y reunión informal. Para otros momentos festivos populares, la bebida preferida es el zurracapote (una mezcla de vino tinto o clarete, con agua, palitos de canela, azúcar y limón) que se hace en estas ocasiones para el autoconsumo y se ofrece a los visitantes y amigos. Hay que beberlo con cautela por su alta graduación alcohólica. Otras bebidas típicas son los licores: el de endrinas y el de maquillas (manzanitas silvestres), que se hacen en la Sierra de Cameros, e el licor de Valvanera, que se hace y se vende en el monasterio del mismo nombre.
La huerta ofrece de todo,
pero hay productos que van asociados a La Rioja. Así los pimientos
rojos, tanto para asar como los del piquillo, las patatas y tomates.
Con estos productos y poco más se hacen platos emblemáticos.
Por ejemplo, las patatas a la riojana; los pimientos rellenos, de carne
o de bacalao; o la fritada, que es la salsa madre de muchísimos
platos a base de un sofrito de cebolla, tomates y pimientos verdes.
Una pista inconfundible para saber que se está en tierras riojanas
son, cuando se observan en las fachadas de las casas rurales, los grandes
racimos de pimientos puestos a secar. Son los llamados pimientos secos
o choriceros, ingrediente fundamental de muchas salsas.
El cordero, además de asado, es aprovechado en su integridad. La cabeza asada, las asadurillas, las patitas o la tripas (patorrillo), que también se preparan en Navarra y con el mismo nombre, o los embuchados, que son madejitas de tripas de cordero y cabrito, que se fríen hasta que quedan muy churruscantes. Los rabos de las corderas se guisan, costumbre culinaria pastoril que también se ponía en práctica en Aragón. Cuando las corderas iban a pasar a ovejas, se les tronchaba el rabo a la altura de una determinada vértebra y se aprovechaba. La sangre y los sesos también tienen su recetario. Con la carne del cordero se hacen exquisistas calderetas con verduras o las famosas chuletillas al sarmiento. Si del cerdo se aprovecha todo, en tierra riojana hay que ampliar el dicho e incluir al cordero. Precisamente el cerdo era la despensa habitual para los habitantes de la Sierra de Cameros. El chorizo ha generado una industria importante y de gran tradición, y sin él no se podría elaborar su sencillo y exquisito plato de las patatas a la riojana. Sin perder la pista a los derivados del cerdo, hay una peculiaridad en la elaboración de las morcillas en la zona de Cameros y en La Rioja Baja, que son dulces. El jamón curado de Cameros tampoco hay que perderlo de vista.
Aunque el mar no baña las tierras riojanas, el Cantábrico está muy cerca y desde tiempo inmemorial el besugo y el bacalao llegaban a estas tierras. El besugo con pimientos secos se ha convertido en un plato típicamente navideño en los hogares riojanos. El bacalao, con su tradición conventual y cuaresmal, cuenta con numerosas recetas que han perdurado y ampliado a lo largo de los años. Las anchoas y el chicharro son pescados de mar con predicamento y se alternan en el gusto de los riojanos con los peces de río, como las truchas o los barbos.
Los caracoles han generado suculentos platos, bien solos o acompañados de embutidos, casquería de cerdo, caza y salsas contundentes. Si los caracoles se "cazan" a mano en muretes y en los bordes de caminos rurales, hay otra caza que precisa de escopeta y que en la Rioja también se puede practicar. En la sierra de Cameros, el jabalí abunda y en la sierra de la Demanda, las palomas torcaces. En cualquier caso, la caza menor de pluma y pelo sigue estando vigente en la culinaria riojana y más cuando se puede adquirir con facilidad en tiendas especializadas. Sus recetas van desde los tradicionales estofados y escabeches, hasta guisos con pimientos rojos.
Entre los postres y dulces riojanos, además de los clásicos de natillas, leche frita, flan o arroz con leche, se cuentan otros mucho más locales y típicos: los melocotones al vino, que también se hacen en Aragón; la compota navideña (perate o manzanete); las cañas de Cervera; o la juanguila que se hace en Semana Santa.
No estaría completa esta carta culinaria si no se hace una breve reseña al vino. Los tintos, los blancos, los rosados y los cavas aportan una chispa especial a sus platos. Eso sí, sin escatimar la calidad del caldo, pues esa misma calidad se transmitirá al plato. La historia y trayectoria de los vinos de la Rioja merecen todo un tratado y una mención especial.