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Almería. La ciudad diurna


Con 3.600 horas de sol al año Almería recibe al visitante con la luz como aliado. Ciudad sencilla y sin pretensiones, presume de guardar el secreto de la buena vida: las mejores cosas son gratis. Cuna de civilizaciones, tierra de fotógrafos y tocaores o refugio de poetas. Como el higo chumbo, de piel espinosa pero jugosa pulpa, la ciudad atesora sabrosos secretos en su interior.

 La dualidad, irónica y lógica, ha sido una constante para la ciudad de Almería y sus gentes. Esta suerte de 'fondo de saco' peninsular ha soportado con entereza y abnegación la lógica incomunicación motivada por su caprichosa orografía durante siglos que, irónicamente, otorga ahora a su bahía uno de los reductos vírgenes más codiciados del Mediterráneo. Su media de más de 300 días soleado s al año provocó la inevitable hambruna y consiguiente emigración a principios del siglo XX, pero en menos de cien años cambiaron las tornas y el mismo astro trajo el milagro de la vida bajo plástico. Con los invernaderos llegó la bonanza de una nueva era. Como en el cuento de Hans Christian Andersen, la ciudad ha vivido el rol de patito feo casi demasiado tiempo. Pero el cisne lleva años chapoteando en el agua y queriendo merecer las lisonjas de un nuevo siglo. Éstas son sólo algunas pistas de la historia más próxima para entender al almeriense y su carácter abierto, servicial, generoso y entregado. La ciudad se despereza ahora del sueño de los juegos Mediterráneos de 2005, en los que ejerció de perfecta anfitriona para un evento deportivo que reunió a cerca de 5.000 atletas y dotó de buenas infraestructuras deportivas a la urbe. El debate sobre si Almería supo o no aprovechar aquella cita para darse más impulso en su afán por ser tenida en cuenta como una gran capital está en el aire. Con 178.000 habitantes empadronados, un equipo de fútbol en Segunda A, otro de voleibol campeón de la Superliga en los últimos ocho años, un flamante museo con importantes fondos arqueológicos, autovías casi ultimadas, aeropuerto propio y playas vírgenes, la ciudad parece despertar de un largo letargo.


Sobria naturaleza

 El término municipal de Almería tiene una extensión de 293 kilómetros cuadrados pero, para quienes abominen de las cifras, su mapa es una suerte de sombrero -o una boa con un elefante dentro, como diría Antoine de Saint-Exupéry- algo deforme, eso sí. Pues bien, sepan los visitantes que sólo con ver el ala derecha del sombrero les habrá merecido la pena el viaje a la ciudad más africana de Europa. Allí, en la margen derecha del mapa, está la joya de la corona del primer Parque Natural Marítimo Terrestre de Andalucía, el de Cabo de Gata-Níjar. El trocito capitalino corresponde a las playas de San Miguel de Cabo de Gata y de Las Salinas, con una belleza paisajística donde se mezclan la desnudez del terreno y una agonía sólo en apariencia que esconde una inédita riqueza natural. En Las Salinas se pueden contemplar más de 80 especies ornitológicas a lo largo del año, pero el rey indiscutible es el elegante y raro flamenco rosado. Y en lo que respecta a la flora, existen más de 1.200 especies de plantas con características muy peculiares y cuyas variedades son únicas en Europa.
 San Miguel de Cabo de Gata es una barriada de pescadores cuyo paseo marítimo invita a la cerveza y al gran esfuerzo mental de no pensar en nada más que en admirar el paisaje volcánico de las montañas, las que conforman el cabo físico y geográfico del sureste peninsular. Antes de llegar a Cabo de Gata, y casi a mitad de camino de los 30 kilómetros que lo separan de la capital, puede hacerse una parada en el Centro de Visitantes de Las Amoladeras, en el kilómetro 7 de la Carretera ALP-202 en el tramo Retamar-Pujaire. Se trata de una edificación de nueva planta que consta de tres espacios expositivos, una sala de proyecciones y un área de recepción e información en donde se atiende a los visitantes. En la exposición destaca un módulo dedicado a los ecosistemas marinos del parque. Visitar Las Amoladeras es un paso previo imprescindible para descubrir la complejidad de este parque natural, conocer sus singulares valores y comprender su funcionamiento. Una vez allí, tampoco puede eludirse la visita al punto de observación de las aves habilitado en las inmediaciones de Las Salinas. Se recomienda ir pertrechados de prismáticos y cantimplora para deleitarse en el avistamiento, sin prisas ni agobios.
Los que no sean tan previsores disponen de telescopios en el lugar. En el camino de regreso, si se tercia, puede hacerse una parada gastronómica en el barrio de El Alquián donde, además de buenos restaurantes como Bellavista o Aniceto, existe también la opción más informal del chiringuito cercano a la playa, un lugar en el que uno elige el pescado que desea engullir desde el mismo mostrador.


Ciudad musulmana

 Si hay un monumento que destaque en Almería, por visibilidad pero también por importancia histórica, ese es su Alcazaba. La fortaleza que construyera Abderramán III en el siglo X domina toda la ciudad desdé su atalaya y da cuenta del protagonismo del enclave almeriense allá por el siglo XI, época de esplendor de la ciudad musulmana en la que su población llegó a estar cercana a los 30.000 habitantes. Almería era entonces tan sólo la torre vigía (al-mariyya) de Pechina. Desde el primero de los tres recintos del monumento puede observarse el barrio de la Almedina, el núcleo primitivo de la ciudad que aún guarda cierta simetría del característico urbanismo con calles estrechas y retorcidas.
El esplendor árabe, durante el que se erigió en la ciudad una mezquita de la que sólo se conserva el mihrab en la actual iglesia de San Juan, sufriría un duro golpe con la conquista cristiana a partir de 1147. El tercer recinto de la fortaleza, construido tras la conquista de la ciudad por los Reyes Católicos en 1489, es una lección viva de historia medieval en lo que al monumento se refiere, pero también contemporánea. Desde las almenas del torreón cristiano se divisa el barrio de La Chanca, cuyo tipismo disfrazado de pobreza fuera denunciado por el escritor Juan Goytisolo en 1962 y por el Premio Nacional de Fotografía Carlos Pérez Siquier allá por los años 50. ".. .El recuerdo de las injusticias sufridas y no reparadas adquiría a ratos una consciencia abrumadora.
Almería era una encarnación del Gran Cáncer, y deseaba comprender el por qué de aquel absurdo…> plasmaría el escritor en su valiente compromiso literario y ético. La Chanca es hoy un barrio con memoria histórica que, junto al de Pescadería, tiene exponentes de su permanente lucha por la justicia social y la dignidad de sus vecinos.

 

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